La recompensa está al final
26 de enero del 2025
Estaba llegando al final del paseo fluvial del río Manzanares. Llevaba ya más de diez kilómetros caminados, con el peso de la cámara y Kuro tirando de la correa en todas las direcciones posibles. En esta zona nunca le dejo suelto. Es un espacio sensible, lleno de cigüeñas y de otros nidos que quiero proteger, aunque él no lo entienda del todo.
Aun así, a Kuro esa parte del camino le fascina. No hay casi gente, porque no todos se atreven a recorrer el paseo completo hasta el final. Y a él le gusta que lleguemos a nuestro pequeño secreto: un rincón escondido entre los árboles, un claro al que accedemos apartándonos del camino, donde los arbustos nos cubren y el mundo parece quedar en pausa.

Desde ahí, podemos observar una hilera de árboles gigantes y desnudos, que en primavera y verano se llenan de cigüeñas y sus enormes nidos. Pero en invierno, si tienes suerte, también puedes ver las siluetas de los cormoranes.
En ese sitio secreto, saco la cámara, coloco mi abrigo sobre la tierra húmeda y nos sentamos. Kuro a mi lado, tranquilo por fin, mientras yo reparto la comida. Comemos en silencio, compartiendo ese rato como si fuese un ritual. Y al otro lado, entre las ramas peladas, las sombras aladas de los cormoranes, inmóviles, ajenas a nosotros pero tan cerca que parecen parte de nuestro momento

Ese lugar es nuestra recompensa.
Nuestra recompensa por haber recorrido todo el camino.
Por haber seguido adelante, paso a paso, con la cámara colgando, con el frío en las manos, con Kuro tirando y yo resistiendo.
Y la recompensa no es solo verlos.
Es verlos así, recortados por la luz, convertidos en siluetas casi irreales contra el cielo azul. A contraluz, sin rostros, sin detalles… pero llenos de presencia.
Porque no existe la luz equivocada.
Solo hay que saber mirar.
Y ese lugar, ese rincón entre ramas y silencio, nos enseña a mirar diferente cada vez que llegamos.
Como si los cormoranes estuvieran ahí para recordarnos que hay belleza incluso en lo que no se revela del todo.
Y que a veces, lo que parecía sombra… era la luz exacta que necesitábamos.


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